GRACIAS A TI...(TESTIMONIO DE UN PARTICIPANTE DEL GRUPO DE HOMBRES)

on 02 Octubre 2019
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Últimos preparativos… botas de monte, ropa cómoda, esterilla y presencia atenta.  Este fin de semana va de Ser, no de parecer. Mientras dispongo el equipaje en el maletero, hago un repaso mental de lo acontecido en todo un año de trabajo, en el que un grupo realmente heterogéneo de hombres, han desgranado emociones, necesidades y experiencias, exponiéndose a los abismos existenciales de gran altitud a los que nos asomamos cuando los grandes asuntos de la vida, pareja, hijos, enfermedad, familia de origen, llaman a nuestra puerta.   

Se trata de hacer converger e integrar lo trabajado durante este tiempo con el terapeuta que dirige el grupo y que nos va guiando de forma cálida y suavemente firme, a través de un trabajo que solo se da y se lleva a cabo de puertas para adentro, en el que la cruda exposición de las sombras de cada uno, es al mismo tiempo un proceso doloroso y gozoso. Doloroso porque vencer la inercia insana de la personalidad y dejar caer las corazas fabricadas a expensas de una masculinidad basada en la testosterona y la penalización emocional, duele… y mucho. Gozoso porque uno contacta con su propia vulnerabilidad, se acerca a sí mismo, a ese que es un poquito más “de verdad”, encontrándonos más flexibles, creativos, alegres, ligeros, y en definitiva, con una mayor disponibilidad para lo que la vida, en su desconcertante complejidad, nos demande.

Llegamos a una casa rural enmarcada en un entorno natural de increíble belleza y que invita a la calma necesaria para la introspección. Al encontrarnos se producen saludos que llevan impresa una camaradería genuinamente masculina, abrazos con fuertes palmadas y apretones de manos contundentes… y todos percibimos que en eso tan nuestro, tan “de hombres”, se ha integrado algo más profundo y real, la vulnerabilidad, la confidencia y una afectuosa e íntima complicidad, todo ello propiciado por un trabajo de acercamiento a uno mismo y una masculinidad que percibimos como cambiante y que debemos mirar con ojos nuevos y, por qué no,  como oportunidad de evolución al mismo tiempo.
Entramos en la sala de trabajo dispuestos a entregarnos, a rastrear, a buscar la orientación necesaria que nos proporcione una brújula que marque un norte fiable, que no dependa de si somos guapos o feos, de nuestro éxito laboral, económico o de lo machos que podamos llegar a ser,  sino exclusivamente de ser nosotros mismos.  Así que desnudamos nuestros miedos, y otros fantasmas y dificultades de nuestras vidas... Todo ello en un entorno seguro, confiable y exento de juicios.
En el devenir de la sesión, se da un momento mágico en el que uno de los hombres participantes rompe a llorar. Es un momento de una hondura conmovedora, ver el rostro de un hombre adulto surcado por las lágrimas en público, es cuando menos, poco ordinario. El terapeuta nos indica mediante gestos que esperemos en silencio y vivenciemos el momento sin más pretensiones, haciendo que el tiempo se ensanche en un instante continuo e  inabarcable, honrando la valentía de esas lágrimas con profundo respeto, hasta que otro de los hombres participantes se levanta y rodea entre sus brazos a quien tiene el coraje de mostrar su fragilidad en un abrazo largo, sentido y sin palabras, acompañándole de una manera poco común entre hombres, legitimando así, la ternura y el cuidado del otro en un entorno puramente masculino.
También hubo momentos gozosos, rutas por la montaña, comidas con alegres sobremesas, verdadera y honesta comunicación y celebración del asunto del vivir. Fueron momentos tan fecundos en lo personal como los vividos en la sala de trabajo.
Creo que todos anhelamos una vida más sólida y menos líquida, más segura y menos mudable. Gracias al curso de  este año,  me he dado cuenta de que podemos y debemos trabajar con la realidad para ajustarla a nuestras genuinas necesidades, siempre que sea legítimo y posible, sin embargo es en la aceptación y el asentimiento a esa realidad donde está la clave, en saber que solo poseemos el latido de cada instante, que somos nosotros los que palpitamos en ese presente continuo y que el gran reto es rendirnos al misterio del Vivir, con sus dulzuras y sus aflicciones.
Cerrando una etapa, es hora de dar las gracias:
A Alfonso Labeaga (Fontxo), coordinador del curso Ser Humano Hombre, por su calidez, acierto y gran generosidad.
A los facilitadores Jon Timpanaro y Jesús López (Brihas); a Jon por su empatía y sensibilidad; a Brihas por su extraordinaria lucidez y su cuarto y mitad de rigor y ternura.
Mención especial para todos los compañeros con los que compartí el curso, por su compromiso y honestidad con el grupo y consigo mismos.
Firma: Un compañero agradecido del grupo